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Editorial
El riesgo asociado al cambio climático parece crecer con el paso del tiempo, y el mismo deja importantes efectos adversos a la actividad económica por múltiples caminos. El sector financiero y la banca no son la excepción, ni son ajenos al mismo: de acuerdo con BIS1, los canales de afectación para el sector financiero son macroeconómicos, microeconómicos, físicos y de transición. El recorrido afecta a empresas, hogares, gobiernos, formales, informales y de distintos niveles de ingreso.
Es claro que, con el cambio climático, los riesgos financieros pueden exacerbarse. De acuerdo con MSCI, 41% de los operadores de mercados considera que el cambio climático afecta los precios de activos financieros y la capitalización de empresas que se ven afectadas por sequías, inundaciones, destrucción de recursos naturales y contaminación.
Los bancos y el sector financiero, como seleccionadores de proyectos viables, buscan conocer el impacto que este fenómeno tiene en los hábitos del cliente, sus necesidades de financiación y acompañamiento, y los riesgos inherentes que encarnan sus productos. Toma y Stefanelli (2022)2 mencionan y privilegian a las instituciones financieras que desarrollan habilidades, modelos, herramientas y capacitación que llevan a elevar la sensibilidad y medición de los riesgos climáticos. Así las cosas, el Banco Central Europeo3 viene invitando a los bancos de la región a adoptar el tema climático, como un elemento más para la toma de decisiones y para la construcción de estrategias de negocio.








